Eran exactamente las dos de la tarde cuando la paz en la sala se rompió por un sonido que nadie vio venir. Bean, un gurrumino de pelaje azabache, descansaba plácidamente sobre el pecho de su humana, sumergido en un trance de ronroneos y amor incondicional que parecía eterno. Pero en un pestañeo, la armonía se desvaneció: un estornudo humano, explosivo e inoportuno, detonó como una pequeña bomba, enviando la tranquilidad de este felino directo al olvido y transformando una tarde de mimos en
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