Un par de ojos brillantes, una cola que no deja de agitarse como un metrónomo descompuesto y un par de calcetines que están a punto de pasar a mejor vida. Así comienza el espectáculo protagonizado por este pequeño Firulais, quien ha decidido que su misión en la tierra es reorganizar —a su muy particular y desastrosa manera— cada rincón de la sala. Con esa torpeza encantadora de quien aún no domina el tamaño de sus propias patas, el cachorro se lanza a una aventura donde el sofá es una montaña y una simple mota de polvo es un enemigo formidable al que hay que derrotar.
Más allá de su apariencia de peluche viviente, debemos entender que el Golden Retriever no es solo una cara bonita del Reino Animal.
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