“¡Eso es imposible, los gatos odian el agua!”, fue lo primero que escuché decir a un turista mientras se tallaba los ojos frente a la costa, soltando casi su helado de la impresión. Yo estaba ahí, con la cámara en mano, presenciando algo que rompe cualquier estereotipo felino que hayamos heredado de las caricaturas. No era un espejismo ni un truco de edición; era un gurrumino deslizándose sobre el azul turquesa con más equilibrio y estilo que muchos surfistas profesionales que he visto en las playas de Mazatlán o Costa Rica.
Este intrépido navegante de cuatro patas es un gato Bengalí, una raza fascinante que lleva en su ADN la herencia directa del gato leopardo asiático (Prionailurus bengalensis). A diferencia del michi promedio que sale huyendo ante una simple gota de lluvia, los bengalíes poseen una curiosidad insaciable y, genéticamente, una afinidad muy particular por el medio acuático. Su pelaje es único: corto, denso y con una textura que recuerda a la seda, lo que les proporciona una capa casi impermeable que les permite disfrutar de chapuzones sin sentir el peso del agua como otras razas.
El momento que me dejó sin aliento, y que ahora le da la vuelta al
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