Imaginen una acera desgastada por el tiempo y, sobre ella, una silueta que no se mueve a pesar de que el sol se oculta y la lluvia amenaza con caer. Día tras día, este Firulais se convirtió en parte del paisaje urbano, una estatua de carne y hueso con la mirada clavada en el horizonte, esperando un rostro que para muchos ya era olvido, pero para él seguía siendo su mundo entero. Es la imagen viva de la paciencia, esa que solo los animales poseen con una pureza que nos desarma y nos obliga a detenernos en medio
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