Caminar por los pasillos de un refugio es, para quienes amamos a los animales con el alma, una montaña rusa de emociones difícil de describir. Hace unos días, mientras visitaba las instalaciones para documentar historias de esperanza, me detuve frente a una jaula que, a simple vista, parecía una más entre tantas. Sin embargo, entre el eco de los ladridos y el aroma a aserrín limpio, un pequeño Firulais de apenas unos meses me robó el aliento. Estaba ahí, sentado con una quietud impropia de su edad, mirándome con unos ojos que parecían contener todas las galaxias de la
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