Justo en el segundo 0:14, el silencio del campo japonés se rompe con un sollozo que solo quien ama profundamente a los animales puede entender. No es un llanto de dolor, es el sonido del alma de un Golden Retriever reconociendo, tras meses de ausencia, el aroma de sus humanos favoritos. Me tocó ser testigo virtual de estas imágenes y les aseguro que la piel se me puso de gallina; este Firulais no solo corre, se desborda de emoción al ver que el auto familiar finalmente cruza la entrada de la
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