Entras a la sala y te encuentras con un panorama que parece sacado de una película de desastres: calcetines huérfanos por doquier, un cojín que decidió “explotar” misteriosamente y, en medio de todo, una colita que se agita con la velocidad de un ventilador industrial. Ahí está él, un pequeño “Firulais” de pelaje dorado que te mira con esa expresión de “yo no fui, pero si fui
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